Mi dios era una máquina que se volvió invisible, como casi todo lo sagrado // por Alejandra Santoro

Debord, ponés una carita de sabelotodo ahí sentado en la butaca mirando la pantalla que te mira mirando que te mira mirando que te mira mirar. Los motores se apagan y yo no tengo más remedio que creer porque, no sé si ya lo notaste, pero soy un cyborg: en el lugar en el que nacen las cabezas tengo una pantalla que a veces es un ojo y otras una cámara que graba todos los intentos que hacés para representar la vida. Vos y vos y vos también, hijos bastardos de la cibernética y lo orgánico. Cabezas de proyector, cuerpos opto-mecánicos que desaparecen. Si vos no me mirás, yo no existo. ¿Para qué mentirte? No me constituyo si no me hacés de agüita sucia, reflejo deforme, pero reflejo al fin. ¿Cómo se hace para existir sin mirada? Te beso, me como las flores, tu pelo, tu plata y te hago un vestido con mi propia ropa y a cambio te metés adentro mío, abrís con tu uña llave maestra mi piel, y ves toda esa gente sentada ahí entre mis órganos con los ojos clavados en el músculo que bombea y abrís con tu uña llave maestra el músculo que bombea y ves seres minúsculos, liliputienses mirando una caja excesiva de la que salen imágenes y sonidos. Se durmieron. No. Están deslumbrados. No. Están muertos de aburrimiento, de hastío, me juzgan, soy la película que sueñan que están viendo en donde la vida es una vieja pidiendo limosna. La vieja no existe. O representa lo decrépito que a su vez hace de lo antiguo. Lo antiguo no existe. O representa a lo prehistórico que a su vez hace de todo lo fósil. Una vieja que lo único que ve hace años son piedras y pies y en la joroba tiene unas luces que son sensores para que dos hermanos con bigotes capturen su movimiento. Y la vieja se vuelve una imagen generada por un ordenador. Una imagen que se está muriendo o se suicida – no importa – mientras canta una canción que llora – no importa. Lo que éramos cuando éramos jóvenes a nadie le importa. Qué hubiésemos sido si hubiéramos actuado de otra forma, no sé, distinta, no sé, metiendo los dedos bien adentro de los cables, no sé, encantándonos con lo que nos tendríamos que haber encantado. A nadie le importa. Me subo al escenario hecho con muchas cajas que dicen frágil y bailo o sueño que bailo o sueño que sueño que bailo. Qué importa. Los hombres, las bestias y las máquinas, todos estamos muriendo.

Alejandra Santoro

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