Un Gesto en el Aire

I

La obra de Fernando Pessoa es un gesto en el aire. Un truco hecho en secreto, para nadie o para sí mismo, algo que en el caso de Pessoa es lo mismo o intercambiable.

 

II

Fui hechizado por Fernando Pessoa muy temprano. A los 13 años, en un campamento del colegio, mientras me aburría del aburrimiento natural de los inadaptados, el profesor de portugués me prestó una antología de Pessoa. Por supuesto, me partió la cabeza y escindió mi vida probablemente en muchas más partes de las que puedo concebir. Fascinado como estaba, me era frecuente hablarles de Pessoa a mis amigos y conocidos, y siempre tenía dificultades para que me creyeran la peripecia que hizo Pessoa y la magnitud de ese teatro secreto que pergeñó a solas, quién sabe si para la posteridad, para la poesía o para reírse solo en el peldaño más solitario de su delirio.

Un delirio, por cierto, muy poblado. Son más de setenta los heterónimos de Pessoa; prácticamente cien, dicen algunos. Y sin dudas hay algo fascinante en el hecho de inventar (o hacer nacer) casi cien personas dentro de uno, y que cada una tenga una biografía, una dicción, un uso del lenguaje, una cosmogonía y hasta una carta astral. Más fascinante aun resulta que muchos de esos heterónimos tengan obra, es decir, no un poema o un cuento, sino una producción extensa, a veces sostenida en el tiempo, a lo largo de años. Para sumar complejidad a la maniobra (y desde luego, exquisitez) varios de estos heterónimos se carteaban y hasta se patoteaban, la mayoría de las veces porque defendían con pasión ideas literarias que eran, entre ellos, gloriosamente contradictorias. Pero también está el caso de Álvaro de Campos escribiéndole cartas a Ofelia, la novia de Pessoa, para hablarle mal de Pessoa, que era a la vez el titiritero y el títere y la víctima de su artificio, pero siempre, sobretodo, el escenario sin escenario en el que su teatro discurría.

Y aunque todo esto es ya un despliegue teatral delirante, resta todavía lo que a mí más me fascinaba de toda la empresa:

El secreto.

 

                                                                   

III

El hecho de que Pessoa labró este teatro sin escenario y lo sostuvo durante décadas, y no dijo nada. Calló como quien descubrió una gema incomprensible.

Algún que otro amigo íntimo sabía parte del truco pero, ¿quién podría asimilar semejante obra? Es decir, esa obra más allá de la obra, esa obra más vasta en la que los versos, los poemas, los libros se ensamblan para componer una figura inmensa, más grande que el siglo, más grande que la poesía.

Es como si Shakespeare hubiese hecho Hamlet, Macbeth, Otelo, en fin, toda su obra, pero no sobre un escenario, sino en cualquier parte, sin avisar que estaba haciendo teatro, sin pactar un contrato de ficción con su audiencia.

Cuántas veces traté de explicar esto frente a la mirada atónita y suspicaz de mis interlocutores. Es un plan inverosímil, muy difícil de llevar a cabo, que requería mucho talento, mucha obsesión y una devoción magnífica por el delirio, pero (y aquí es donde mi lenguaje hacía aguas), ¿para qué?

¿Qué artista es tan grande como para impedir a su audiencia la asimilación total de su grandeza?

Quizás tenga sentido, considerando el aprecio que tiene el mundo por los poetas, gozar en silencio los dones de la propia grandeza, antes que esperar el aplauso y la gratitud de los contemporáneos. Pero esta me resulta una explicación triste, y la obra de Pessoa no es una concesión al fracaso sino una forma imperial de fracasar: el gesto sublime de un derrotado que conquistó su derrota y que dejó en el aire la estela invisible de un arte tan desvaneciente como eterno, pero claro, me refiero a esas eternidades efímeras: lo que dura un lenguaje, lo dura una especie.

Quizás parte del plan era posponer deliberadamente su obra hasta que sea parte de la eternidad. ¿Qué otro objeto sino la poesía tiene todo el tiempo del mundo a su favor?

 

IV

¿Quién fue Fernando Pessoa? Esa es la pregunta equivocada.

Es inexistente, en Pessoa, una imagen estable del yo. Lo que me lleva a pensar, o a ver como quien ve lo que quiere ver y no lo que hay, que Pessoa está siendo: no está en su biografía, no está en sus libros ni en sus versos, no está en la actitud y en la ideología de cada uno de sus heterónimos sino en la extraña interacción en tiempo real (el tiempo del lector) de todos los que Pessoa fue.

Solemos decir de los libros que no son nada, que son objetos muertos ensamblados en un mueble hasta que un lector los activa: que el libro existe (y por lo tanto el fenómeno de la literatura: algo social e íntimo a la vez) en el diálogo que se establece con el lector; de lo contrario, son letras del alfabeto desperdigadas en la inútil blancura de páginas apretadas.

Una potencia semejante ocurre en Pessoa.

Fernando Pessoa estaría, es decir, se nos volvería visible, no en los versos de Caeiro ni en los versos de Ricardo Reis, ni en la prosa de Bernardo Soares. Ni siquiera, incluso mucho menos, en los poemas firmados por Pessoa mismo. Tampoco en la sumatoria de todos sus textos, de todas sus páginas, de todos sus espíritus.

Así como el ajedrez no está en cada pieza ni está en la victoria, sino en la orquestación cabal de todos los movimientos de la batalla, Fernando Pessoa estaría frente a nosotros cuando subimos a ese teatro etéreo que él montó en el aire, en el que se mueven a su modo cada uno de sus heterónimos componiendo, quizás, una figura definitiva y elusiva: la figura de la ausencia del propio Pessoa.

 

Sea como fuese, es un enigma, y ese enigma está lleno de piezas: algunas encajan, otras no. Este libro, El cuidador de rebaños, es la primera pieza.

 

                                                   

 

V

Había un plan muy severo a la hora de orquestar sus heterónimos. La obra final llevaría el nombre de Fernando Pessoa, revelando su identidad al mundo, bajo el título Ficciones del interludio. El primer volúmen de esos libros sería este: los poemas de Alberto Caeiro que ahora, lector, tenés en tus manos. El principio de una obra tan vasta como inenarrable, tan subrayable como inasimilable. Fernando Pessoa fue escritor, poeta, crítico literario, traductor, editor, freelancer, ocultista, hermético, místico, astrólogo y espiritista, para algunos un médium, para otros, un esquizofrénico, también fue acusado de asesinar al escritor y ocultista Aleister Crowley[1].

De paso, es el poeta más grande de Portugal. Nació en 1888 y murió en 1935. Entre esas fechas, los días fueron suyos y misteriosos, como los versos de su poema “Autopsicografía”:

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que llega a fingir que es dolor

el dolor que de veras siente.

 

Y los que leen lo que escribe,

en el dolor leído sienten

no los dos dolores que él tuvo

sino el dolor que ellos no tienen.

 

Murió joven, pero imaginó haber vivido muchas vidas. Tuvo muy poco, y no dejó nada, salvo un baúl lleno de universos: las galaxias latentes en una soledad alucinada.

A su muerte era casi un desconocido, solo un libro publicó en vida, Mensaje, un año antes de morir.

Pero la poesía tiene su propia eternidad; allí columpia Fernando Pessoa, ficción de sí mismo, a su alma plural.

O, como escribió en ese libro:

 

La vida es breve y el alma es vasta:

tener es tardar.

[1] Al final, Aleister, que andaba desaparecido, apareció, y Pessoa fue eximido de pagar por el asesinato de un tipo que estaba vivo.

 

 

 

VI

________________________________________________________________

[1] Al final, Aleister, que andaba desaparecido, apareció, y Pessoa fue eximido de pagar por el asesinato de un tipo que estaba vivo.

________________________________________________________________

 

Y a todo esto, ¿quién es Alberto Caeiro?

Álvaro de Campos, otro heterónimo de Pessoa, cuenta que lo conoció. Dice que tenía los ojos azules, como de niño que no tiene miedo, y que era pálido, de aire griego. Caeiro fue, con el tiempo, el maestro de Álvaro de Campos, de Ricardo Reis[1] y también de Fernando Pessoa (Pessoa escribió en su diario: “y un día mi propio maestro nació en mí”). Mi maestro Caeiro no era pagano, dice Álvaro de Campos: era el paganismo.

 

Ricardo Reis era pagano, Antonio Mora era pagano, yo soy pagano; el mismo Fernando Pessoa sería pagano si no fuese un ovillo enredado hacia adentro. Pero Ricardo Reis es pagano por carácter. Antonio Mora es pagano por inteligencia. Yo soy pagano por rebeldía, o sea, por temperamento. En Caeiro no había explicación para su paganismo; había consubstanciación.

 

Alberto Caeiro es el primero en morir de todos los heterónimos de Pessoa, y el más joven: hay cartas que cuentan el funeral que no existió del poeta muerto que tampoco existió.

¿Quién fue entonces?

Él mismo lo confiesa, en estas páginas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[2] Sí, otro heterónimo de Pessoa, un poeta que vivía en Brasil y escribía bajo formas clásicas; es el único que sobrevive a Pessoa.

Chatea por Whatsapp
Enviar por Whatsapp
Seleccione su moneda