
Giorgio Agamben nos recuerda –cosa que efectivamente es cierto y teníamos olvidado, lo que fue motivo de mis investigaciones– que en tiempos pasados cada nacimiento venía acompañado con la designación de un genio. Es decir que por cada niño que nacía un genio era designado como su padrino y se encargaba de acompañarlo en su crecimiento. Era costumbre a su vez, por aquellos años, recibir la noticia con entusiasmo. Los padres aceptaban con alegría la designación del genio, no porque ello cambiara la suerte del niño –lo que pertenecía al ámbito de otra divinidad– sino porque significaba que el niño no sufriría de aburrimiento, un mal que experimentado desde temprana edad podía derivar en vicio y traducirse, llegado a la madurez, en holgazanería en sus funciones ciudadanas. El niño tenía, entonces, en su genio al amigo ideal que lo secundaría en todas sus aventuras, que compartiría con él, en las largas horas de insomnio, los sueños más disparatados e imposibles, y lo mantendría ocupado y alegre mientras durara su tierna infancia. Porque era de esperar, por supuesto, que con el correr de los años, y a medida que el niño creciera, esta filiación paulatinamente fuera disminuyendo hasta interrumpirse por completo una vez que el niño, ya hombre, 
Para bien de nuestra época la tecnología voraz ha sabido suplir el lugar del genio, y a los niños de hoy, por suerte, desde el momento de nacer ya los espera una gran marea de imágenes y juegos virtuales, redes de amigos prisioneros, y un sin fin –porque no hay evidencia de que alguna vez se detenga, sino todo lo contrario– de posibilidades de diversión 
Carlos Rey (1977, CABA), escritor, padre, panderetista de mimos y poeta. Publicó Cavidades (2008) y El poeta y yo y otros poemas (2018). Dirige la revista de poesía Katana.