
Mi primera impresión cuando tuve conciencia de mi razón fue preguntarme cómo había hecho hasta ahora para arreglármelas y vivir todos estos años sin ella. Evidentemente había dos partes en mi vida, una primera que he olvidado completamente, y la segunda que sí se puede llamar vida, ya que puedo recordar cada detalle de ella. Algunos amigos me han recomendado la hipnosis como un método eficaz para recordar todo ese mundo que ha quedado olvidado dentro de uno, pero la verdad, pensándolo bien, yo no quiero recordar nada. Temo ver lo que me voy a encontrar. Sin razón es seguro que haya cometido muchas locuras. No quisiera recordar ninguna de ellas, mi razón no lo soportaría, se vuelve loca con sólo
pensarlo. Lo mejor es seguir con esta vida que recuerdo ¿para qué querer recordar lo que no nos acordamos? Es como obligar a la vida a vivir cosas que no forman parte de ella, al menos desde que nació la razón no formaron parte de ella. Además, la vida de la razón no ofrece mayores sobresaltos, con seguir algunos preceptos y obligaciones se la puede pasar uno cómodamente. El problema es cuando dejamos entrar en nuestra vida –por sucumbir al demonio de la curiosidad– preguntas tales como saber qué hacía uno antes de vivir razonablemente. ¿A quién le puede interesar saberlo realmente? Si lo pienso bien incluso se puede decir que estas preguntas surgen cuando se vive demasiado cómodo. La vida de la razón podría tener esta doble cara: por un lado, nos brinda la seguridad que necesitamos, pero por el otro, nos deja desamparados al libre pensamiento, y entonces divagamos, por simples ociosos, en saber cómo nos las arreglábamos antes que la
razón despertara en nuestra vida. Es la impresión a la que yo hacía referencia más arriba, y a la que, reflexionando, puedo desenmascarar como nociva para una vida sana. En este sentido tendría una crítica que hacer a la vida de la razón –lo que se puede hacer naturalmente desde la razón misma–, y que se relaciona con la necesidad que tiene ella no sólo de dirigir nuestra vida, sino pretender hacer lo mismo con esa parte de la vida no razonada y que uno no recuerda porque no tuvo razón para hacerlo. Que se deba a sus atributos humanitarios es una buena explicación, como formación natural que le viene dada desde su nacimiento, pero también existe la necesidad de abarcarlo todo. No puede consentir no saberlo todo, por eso es capaz de recurrir a un método tan poco científico como la hipnosis para salvar esa distancia de nuestra memoria. Que luego las investigaciones resulten ejemplos consagratorios para comparar las extraordinarias ventajas que brinda al hombre vivir bajo el yugo de la razón justifica altamente cualquier método, aunque se trate de uno más cercano a la nigromancia que a cualquiera de 
De aquí proviene todo mi temor expresado más arriba. Una vida fuera de la razón no puede ser otra cosa que una vida de locura, y la razón necesita mucha sangre fría para contemplar ese mundo sin desesperar de las irregularidades que pueda encontrar a su paso. ¿Para qué enfrentarse a ello si en verdad todo esto había comenzado por una inocente pregunta de hombre razonablemente ocioso? ¿Por qué mejor no duermo un poco en esta cama que seguramente no es tan incómoda como a la vista parece? Pronto amanecerá y no he descansado lo suficiente. Pucha, cuando camine por ese largo corredor pareceré un muerto antes de tiempo.
Carlos Rey (1977, CABA), Licenciado en Bellas Artes, escritor, padre, licántropo y poeta. Publicó Cavidades (2008) y El poeta y yo y otros poemas (2018). Dirige la revista de poesía Katana.