
La asociación de arte concreto invención
En uno de sus escritos Jean Cocteau narra la siguiente fábula: “Paulo di Dono vivía encerrado desde hacía dos meses en una pequeña celda de la planta baja de una casa modesta. Le alquilaban la celda y depositaban su alimento en el alféizar de la ventana. Sus amigos, irónicos, decían: “Paolo vuelve a prepararnos una de esas sorpresas que sólo a él conciernen, en las que su arte se extenúa”. Cierto día, al crepúsculo, abrió la ventana y llamó a un chicuelo que jugaba. Acababa de pintar un trompe-l’oeil; se veía un claustro, rodeado a la izquierda por un muro, a la derecha por arcadas. El chicuelo entró y miró, sorprendido por ese claustro cuya existencia no sospechaba. Paolo tenía un ovillo de cordel como los que se utilizan para sujetar los barriletes. “Tomarás”, dijo, “ese cordel y correrás con todas tus fuerzas hasta el extremo de ese claustro, luego girarás a la derecha y volverás al punto de partida. No sueltes el hilo, yo iré desovillándolo.” Excitado por el juego, el chicuelo se lanzó hacia la pared, penetrando pura y simplemente en la mentira. “¡Alto!”, gritó el pájaro 
“A la mañana siguiente, convocó al grupo de incrédulos. ‘Cierto, le dijo Francesco, ese trompe-l’oeil es magnífico, me engañaría. Todo seduce mi alma, salvo ese muchacho que se da vuelta. Es él quien parece engañado por no sé que error en tus cálculos. Y ese aspecto engañado que tiene, impide que el resto nos engañe”. Ejemplos como el Paulo de Cocteau nutren la historia del arte. Bástenos recordar a Pigmalion y su estatua de rasgos naturales y al poeta Orfeo que con su canto enternecía incluso a los árboles. Estos artistas antiguos, más cercanos al mito que a la realidad, no se diferencian, sin embargo, de ciertos rasgos que caracterizaron a algunos artistas modernos. Por ejemplo, tal pretensión estuvo representada en nuestro país por la Asociación de Arte Concreto-Invención. Más cercanos a alquimistas medievales su arte no buscaba la representación, sino la presentación de objetos. No apelaron a la sensibilidad del espectador, sino a la razón. La figuración realista, la perspectiva, el color utilizado para expresar sentimientos y el gesto fue descartado de su técnica por considerarlos engaños al ojo. El chicuelo de la fábula de Cocteau, frente a una obra de estos artistas nunca se hubiera visto engañado. El producto que aparecía delante de sus ojos pretendía ser nuevo y autónomo. Pretendía ser mirado como un hecho o un objeto, como cuando vemos un árbol o una puesta de sol, o una planta o una ecuación matemática. Todo gesto o referencia que escondiera detrás de la obra un artífice fue descartado. Decretaron la muerte del arte figurativo y propusieron la independencia de la realidad sensible. Develar una nueva ontología con sus propias leyes y misterios era la tarea del artista 
Pero, como todo programa innovador se vio en la necesidad de sortear varios obstáculos y prejuicios. Fueron acusados de crear un arte deshumanizado y refinado, sólo accesible para unos pocos. A diferencia de lo que la mayoría pensaba, Tomás Maldonado, uno de los máximos referente del movimiento, no se cansaba de declarar que el arte concreto “esta llamado a ser el arte social de mañana, pues resulta el único que puede articularse fluidamente con los grandes espacios en los que en el futuro se llevarán a cabo los programas más radicales de transformación de la vida”. Defensores del materialismo dialéctico, los artistas concretos creían ver en su arte una superación del plano ficcional y falso del arte. Resulta sorprendente y feliz que para estos artistas el verdadero arte social esté emparentado con una nueva función del arte aplicada al conocimiento científico-moderno y no a un arte propagandístico y pobre como lo fuera el propuesto por el realismo socialista. Sin embargo, 
Carlos Rey (1977, CABA), escritor, padre, limador de perinolas y poeta. Publicó Cavidades (2008) y El poeta y yo y otros poemas (2018). Dirige la revista de poesía Katana.